Eleanor Rigby, la canción de los corazones solitarios

En aquella época, quienes éramos seguidores de algún grupo de rock, encargábamos los discos en el negocio correspondiente apenas leíamos o nos enterábamos por algún amigo mejor informado de la cercanía de tal o cual aparición. Por eso mi disco Revolver de Los Beatles, ése que comenzó a marcar el alejamiento definitivo de los escenarios del grupo, me esperaba frente a la estación de Paso del Rey, en el único negocio del barrio, aquella tarde invernal de un mes que ya no recuerdo, aunque sí que corría 1966. Debo confesar que cualquier canción de los cuatro magníficos me sumía en un mundo tan mágico como excluyente, pero “Eleanor Rigby” me hizo llorar. Aún me hace llorar. Después de tantos años, la historia de la solitaria que fue enterrada allí mismo, en la iglesia “junto con su nombre”, o la imagen de aquel padre McKenzie, a quien nadie le prestaba atención en sus sermones, siguen representando para mí uno de los momentos más emocionantes de mi vida en cuanto a la música se refiere. El tremendo arreglo para el cuarteto de cuerdas, la voz inconfundible de Paul y la maravillosa conjunción de los coros son para mí el mejor ejemplo de buen gusto e inteligencia de cómo debe resolverse una canción. Quizá la mano de George Martin —el mismo que después imaginara “Pepperland Suite” y tanta belleza musical— le haya dado los toques clásicos necesarios al talento innato de los cuatro de Liverpool, pero la cadencia y la armonía natural del tema indican la soltura intuitiva con que letra y música se fueron emparentando. Es obvio que no hice un análisis de esta naturaleza cuando, sentado en el piso de baldosas de mi refugio y frente al tocadiscos, escuché treinta veces o más, sin poder seguir adelante en el disco, esta increíble balada sobre la gente solitaria. También podría confesar que en aquellos tiempos me costó superar el trance de enamoramiento que me produjo esa escucha. Ya no me importó ningún otro grupo por aquel entonces: escuchaba pero no aceptaba nada que no superara lo que en estado emocional me había producido quien “remendaba sus calcetines por las noches”. Creo que pasaron muchos años hasta que “Eleanor Rigby” y su triste y solitaria presencia permitieran que Emerson, Lake & Palmer con su “Cuadros de una exposición de Mussorgski” inundaran otra vez de asombro a mi corazón. Pero siempre vuelvo, infatigablemente, a ella, mi primer gran amor. Quizá porque sea una manera de volver a la adolescencia y a la mágica, íntima sensación de pertenecer a un mundo donde la realidad se funde con la belleza y ambas, con los sueños.

(Publicada por “El Radar” de Argentina)

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