El Nacional fue una fiesta con Paul McCartney
En los días previos del arribo de Paul McCartney a Lima, la postergación de uno de los conciertos en Chile (debido a problemas con la llegada de unos equipos para el escenario) y el rumor de que las entradas no se estaban vendiendo aquí tan bien como se esperaba, generaron cierta desazón entre los fans. Un empresario explicaba las dificultades de invertir en un espectáculo de rock, pues el público limeño solo responde bien la primera vez, pero en la segunda el fracaso de taquilla está asegurado. La explicación es una verdad estadística: el Perú no es un país rockero. Sin embargo, el ex Beatle demostró ser la excepción de la regla: vino, abarrotó el estadio y causó furor con su música inolvidable.
LA ESPERA
La abrasante mañana del viernes 25 de abril las colas para el ingreso a cancha y a tribuna norte raleaban. Los vendedores comentaban que a esas tempranas horas hubo muchos más fans el día del concierto de Metallica. ¿Mal augurio? Recién a las dos de la tarde, decenas de personas comenzaron a engrosar las filas de espera. Parecía lógico: a medida que la inclemencia del sol amenguaba, más gente aparecía, hasta formar una par de colas sinuosas casi interminables.
A las cinco de la tarde en los alrededores del Estadio Nacional se intensificó el cordón policial, con guardia montada y portatropas, mientras en el patio exterior del recinto deportivo los vigilantes VIP coordinaban las últimas indicaciones antes del ingreso del público. Los minutos transcurrían lentos para los fans con boletos para tribuna norte y cancha. Desbordaban las expectativas por franquear las rejas, traspasar el patio exterior e ingresar raudamente al estadio con el fin de conseguir las mejores ubicaciones. En las otras zonas, el flujo era diferente, pues los asientos eran numerados y la mayoría optó por ir a partir de las seis de la tarde, hora establecida oficialmente para el ingreso de público.
Otro ritual se inició no bien la multitud heterogénea fue atiborrando las diversas zonas del estadio. Hasta las ocho de las noche, aún se notaban espacios vacíos en las tribunas oriente y occidente, e incluso en la cancha; solo super vip y tribuna norte estaban colmados de incondicionales al genio de Liverpool. Otra vez se escuchaban comentarios desalentadores: no lo logrará, a esas horas, hace tres años, en el estadio Monumental no cabía nadie más. Algunos responsabilizaban a los organizadores por vender tickets a precios muy altos.
En medio de la espera, un Dj entretuvo a los asistentes con remixes de canciones de McCartney, como “Dance tonight” y la reciente “Early days”, y covers de los Beatles, algunos poco ortodoxos como una versión salsa de “Can’t buy me love” cantada en español caribeño por Guianko.
A las nueve de las noche, el Dj se retiró discretamente y dio paso a la proyección en las pantallas gigantes de un collage de fotos de los Beatles, los Wings y algunas portadas de la discografía de McCartney, mientras sonaban hits de su amplia carrera musical. El público coreó a todo pulmón “Uncle Albert/Admiral Halsey”, “With a little luck”, “Goodnight tonight” y “Silly love songs”, casi todas de Wings. A esa hora las especulaciones se desvanecieron: el estadio lucía repleto, la realidad permitía que el mito renaciera una vez más. McCartney es el dios del rock, no era para menos.
EL CONCIERTO
La aparición de Paul McCartney no tuvo más preámbulos. Eligió “Magical Mystery Tour” para iniciar el megaespectáculo. A diferencia de las anteriores giras, esta vez Paul decidió no interpretar esta canción con su legendario piano sicodélico (el mismo usado en el experimental film beatle de 1967), sino acompañado de su bajo.
Sin mediar palabra, enlazó la nostalgia beatle con una canción de su último y aclamado álbum New, “Save Us”, contundente rock que enganchó a la audiencia desde los primeros compases.
Como ya es costumbre en sus giras, tras las dos primeras canciones saludó al público. “Hola, Lima. Buenas noches. Me alegra estar aquí de nuevo”, dijo ante más de treinta y cinco mil espectadores, y de inmediato inició la tonada de “All my loving”. El entusiasmo desbordante que aún provocan las melodías de su época beatle se corroboró en esta y otras interpretaciones. “Close your eyes and i’ll kiss you, tomorrow i’ll miss you…” versa la letra que linda con la absoluta simplicidad e inocencia, pero que sin duda aunada a la magia de la música cobra un sentido que remueve las emociones de quien la tararea.
El siguiente turno fue para un clásico de Wings, “Listen to what the man said”: arquitectura pop de primer nivel, muy setentero. Empalmó con otra pieza infaltable de su repertorio en vivo, “Let me roll it”, también de Wings, pero que en la versión en directo tiene como coda instrumental a “Fox Lady”, con el lucimiento de Paul en la guitarra solista (la que usa está coloreada al estilo sicodélico de las guitarras de Hendrix).
Continuó “Paperback writer”, otra remembranza beatlesca que mantuvo la euforia al tope en el estadio. McCartney reveló que el bajo utilizado era el mismo de cuando grabó la canción, en el lejano año 1966. Aunque no lo precisó, se trataba de un bajo Rickenbacker (y no su famoso bajo Hofner). Por supuesto, este dato solo es parte de la trivia con la cual los beatlemaniacos vivimos encantados.
Otra prueba de que Paul es un prestidigitador notable fue el cambio de ritmos en que se desarrolló todo el concierto. Tras un rosario de buen pop rock, vino la pausa, el sosiego. “My Valentine”, una de sus recientes baladas dedicada a su actual esposa Nancy Shevell, demostró una vez más su perdurable talento como compositor. Algunos fans aprovecharon para sentarse y contemplar las imágenes del videoclip proyectado en las pantallas, protagonizado por los actores Johnny Depp y Natalie Portman.
A continuación Paul ejecutó tres de sus mejores composiciones para piano: la apoteósica “Nineteen Hundred and Eighty Five” (cierre del mítico álbum Band on the Run), la desolada “The Long and Winding Road” y, una que no tocó en el Monumental el 2011, “Maybe I’m Amazed”, temazo incluido en su primer disco solista y que fuera hit con Wings en 1976 en su versión en vivo. McCartney pudo haberse despedido luego de “Maybe I’m Amazed” y muchos, incluido este cronista, hubieran considerado justificado cada sol invertido para asistir al concierto. Pero el show debía continuar.
Tras “I’ve just seen a face” y “We can work it out”, se desataron los primeros “olé, olé, olé, oh Paul, oh Paul” en el estadio, un ritual calcado del fútbol. Más originales fueron los escoceses en el último concierto de Wings en Glasgow, en 1979: entre aplausos sincronizados corearon “¡Paul McCartney!, ¡Paul McCartney!” durante varios minutos. En el año 2005, en Glastonbury, se repitió la escena en la histórica presentación de Macca. Pero, al parecer, en Sudamérica es habitual trasladar los usos y costumbres más estandarizados del fútbol a un contexto de origen contracultural como el rock.
Otro momento resaltante llegó con “Another day”, una gema pop que fue single en la época bucólica del álbum Ram, y enseguida otra concesión a la nostalgia, “And I love her”, en clave de bolero, que sintonizó con el gusto de niños, padres y abuelos.
Para “Blackbird”, la banda se retiró del escenario, casi sin hacerse notar, y Paul se colocó encima de una plataforma que fue ascendiendo a medida que rasgaba las cuerdas de la guitarra acústica, mientras en la parte frontal se proyectaban dibujos animados de mirlos en pleno vuelo. Aún subido en la plataforma, varios metros arriba del nivel del escenario donde estaban los instrumentos de la banda, McCartney cantó “Here today”, prístina balada que dedicó a su “hermano” John Lennon. Fueron minutos en los que la música alcanzó quizá sus cotas más altas.
Luego del reingreso de la banda, dos beatlescas y contagiantes canciones de su último álbum New, la homónima “New” y “Queenie Eye”, en especial la segunda, desbordaron de júbilo a los fans.
La algazara prosiguió con “Lady Madonna”, “All together now” y “Lovely Rita”. Al presentar esta última Paul cometió un lapsus, que corrigió de inmediato con buen sentido de humor anglosajón. “Esta es la primera vez que tocaré esta canción en Chile… perdón, en Perú. Sí sé dónde estoy, en Uruguay”, bromeó. Por su parte, durante “Lady Madonna” se vieron imágenes de mujeres icónicas en la pantalla central, desde La Gioconda de Da Vinci hasta Lady D.
Quienes conocíamos el probable setlist desde hacía unas semanas, sabíamos que habíamos ingresado a la segunda mitad del “rock show”. Habían sonado poco más de veinte canciones, equivalentes a uno de los mejores álbumes dobles de nuestras vidas. Y aún faltaba una tanda similar.
McCartney tenía otras sorpresas bajo la manga. “Everybody Out There”, incluida también en New y que da nombre a su actual gira, arrancó con esas guitarras acústicas que recuerdan tanto el estilo country de “Two of Us” y “I’ve just seen a face” (ya interpretada), y remató con el suficiente desparpajo rockero para alborotar a los cerca de cuarenta mil fans. Ante la respuesta del auditorio, Paul cogió la guitarra apuntándola al público como si fuese una metralleta y rasgando las cuerdas coreó: “Oh Oh Oh”, contrapunteando con los fans, para finalizar con un ronco “Everybody Out There!!”
Después de semejante demostración de no haber perdido las agallas con el paso de los años, era válido preguntarse si le quedaría garganta y sobre todo cuerdas vocales suficientemente afinadas para seguir cantando. El mentís a estas dudas llegó con la sólida interpretación vocal de “Eleanor Rigby”. Solo McCartney puede pasar del rock estentóreo a la balada sin que su voz se note menoscabada.
Continuó con “Being for the benefit of Mr. Kite”, una composición que los beatlemaniacos consideran de Lennon, aunque Paul desde hace varios años asegura que es coautor. En todo caso, este cronista no discute la versión de Paul, pero sí discrepa de incluir en su repertorio clásicos de los Beatles cantados por Lennon. No lo necesita, porque el catálogo de McCartney es de por sí inmenso, con muchas joyas “caletas” aún por descubrir.
Otra cúspide fue cuando Paul homenajeó a George Harrison, interpretando “Something” con su ukelele, para luego ser acompañado por su banda; sin duda, un momento significativo para los admiradores del beatle místico.
La fiesta se reanudó con “Ob-la-di, Ob-la-da” y, casi sin respiro, continuó con “Band on the run” (otra de las cumbres de la noche) y “Back in the USSR”. Los cánticos del público esparcían en la atmósfera la exaltación por compartir la magia del rock. Entonces Paul volvió al piano y bajó los decibeles con la balada góspel “Let it be”, convertida en un himno beatle junto con “Hey Jude”.
Enseguida, un preludio inusual y algo gótico con sintetizadores antecedió a “Live and let die”, uno de sus más cerebrales suites-rock, la obra maestra sonora de los films de James Bond. La puesta en escena fue espectacular, como siempre, con detonaciones pirotécnicas y luces de bengala. Un bombazo que pareció detener el tiempo en el Estadio Nacional.
Sin embargo, los minutos finales se acercaban, y eso fue evidente cuando Paul tocó en el piano las primeras notas de “Hey Jude”. Qué se puede agregar de este clásico que ya no se haya escrito en innumerables páginas de la prensa musical. La performance en vivo ratificó que Paul McCartney no solo es un virtuoso músico, un tremendo cantante y un gran compositor, sino un verdadero showman. Quizá ese sea el quid de su éxito descomunal. Quizá ese sea también el motivo de las críticas de sus detractores. En todo caso, rock y espectáculo es una fórmula de larga data, y ni Woodstock fue la excepción.
No bien se extinguieron los últimos “na na na na” coreados por el público, vino la primera “despedida” ficticia de rigor. Alguna gente aprovechó para pedir otro “chopp” de cerveza y disiparse unos instantes, mientras otros cumplían el rito de aplausos, silbidos y griterío que antecede al retorno del ídolo y su banda para iniciar el primer encore.
De pronto las luces del estadio se apagaron y apareció Paul exclamando “¡Bacán!” El show se reabrió con “Day tripper”, una típica colaboración Lennon-McCartney en la que además siempre cantaron los dos, aunque el estereotipo se lo adjudique casi exclusivamente a Lennon. Luego el turno fue para la última de Wings de la noche, la rocanrolera “Hi Hi HI”, entre las mejores versiones en vivo que hemos escuchado de esta canción (superior incluso a la del álbum Wings Over America). Y para el cierre de este encore, “I saw her standing there”, que aún le sale tan vibrante como en su época de Cavern y los años de la beatlemanía.
De nuevo la despedida, de nuevo la exigencia de los fans para que se prolongue la fantasía. Algunos despistados comenzaron a retirarse, padres con sus hijos menores, jóvenes que tal vez recién se enteraban de la importancia de McCartney tras la separación de los Beatles, que se habían preguntado una hora antes cómo se llamaba esa canción dedicada a Lennon. Cómo explicarles que la ceremonia no había concluido, pues aún faltaba el segundo y último encore.
Pero el final estaba próximo. Otra vez McCartney apareció en el escenario y solo con su guitarra cantó la inmortal “Yesterday”. Sonó perfecta como la primera vez en el Ed Sullivan Show, hace cincuenta años. Luego fingió despedirse y discutir con su asistente, quien con gestos le aseguró que aún faltaban dos canciones para cumplir con el programa. De nuevo McCartney el showman incansable y el músico genial, al mismo tiempo.
De inmediato la banda retornó y un nuevo estallido de rock abrasivo se produjo con el proto-heavy metal “Helter skelter”, acompañado de un verdadero carrusel de imágenes geométricas e hipnóticas en las pantallas, con predominio del color rojo fuego (o sangre).
El epílogo había sido reservado para “Golden Slumbers/Carry That Weight/The End”. Antes Paul demostró nuevamente que había tomado lecciones de jerga local. “Ahora sí me quito”, dijo con astucia, jugando con la ambigüedad semántica (este lunes 28 tocará en Quito, Ecuador). Aprovechó también para presentar a la deslumbrante banda que lo acompaña desde el año 2001: Brian Ray y Rusty Anderson en las guitarras, Wix Wickens en los teclados y Abe Laboriel Jr en la batería.
“And in the end the love you take is equal to the love you make”, se le escuchó cantar con su voz de casi setenta y dos años, aún conservada, aún digna, en el final del final (de la gran noche en Lima).
Todos hubiéramos querido permanecer unas horas más en el estadio. De haber podido los fans hubiesen prendido fogatas y acampado, cogido sus guitarras y extendido la música más allá del tiempo. Algunos se contentaron con reunirse en los alrededores del Estadio Nacional para celebrar el presente de una fiesta que ya era pasado. Para los más osados sí fue posible reventar cohetones y cubrir de una neblina de humo el inmenso recinto.
“Hasta la próxima vez”, se había despedido Paul, como el año 2011 en el Monumental. En verdad es una frase que siempre emplea al terminar sus conciertos: “See you next time!” Solo que aquí lo dijo en español. No siempre regresa. Esperemos que sí. Los fans harán lo indecible para llenar el estadio cuantas veces sea necesario. Un músico lo llamó “la nueva religión”. Es simplemente Paul McCartney, genio absoluto del rock.
Ha publicado textos y novelas como «La Ruptura» (1994), «Los Espejos del Infierno» (2000) y es autor de la ucronía beatle «Karma instantáneo para John Lennon» (2012). Ha conducido programas radiales de rock, fanzines y colaborado en diversos escritos alrededor de la música, sociedad y cultura.