Ram: Un fantástico álbum en el cenit del rock

Del “empapelado” impresionista al “nadir del rock”

Hace dos siglos, cuando el pintor impresionista Monet expuso su Impresión: sol naciente, un tal Louis Leroy, influyente crítico de la Francia del siglo dieciocho, comentó: “El empapelado en su estado más embrionario está mejor acabado que este paisaje marino”. Lo que le parecía atroz a Leroy era que las figuras del cuadro no estuvieran bien delineadas, pues para su sensibilidad estética antimoderna este aspecto formal era una exigencia técnica mínima que cualquier buen pintor debía preservar. Sin embargo, a pesar del crítico de marras, el impresionismo fue la antesala de Van Gogh, Gauguin y Cézanne, quienes terminaron de desajustar el corsé a la pintura moderna para que muchos años después hubiera experimentaciones más radicales como el cubismo y el expresionismo. Lo que Leroy juzgaba un “empapelado” era en realidad –y la historia no miente– una innovación en la manera de entender, de sensibilizarse ante el objeto artístico.

Cuando en 1971 el crítico de la revista estadounidense Rolling Stone, Jon Landau, llamó “el nadir del rock” al álbum Ram, acreditado a Paul & Linda McCartney, continuaba sin imaginárselo una tradición infame de la crítica en la historia de la música y el arte en general, en la cual el prejuicio y el entumecimiento de los reflejos críticos ante una obra visionaria ha conducido inexorablemente al artículo calumniante. La carencia de perspectiva de Landau y otros críticos ante un disco absolutamente avezado y original en el umbral de los años setenta es cada vez más patente. De hecho el paso de los años se está encargando de enmendarles la plana. La revista estadounidense Rolling Stone, en la década de los ochenta, limpió a Ram del baldón de ser llamado “el nadir del rock” y, casi sin mea culpa de por medio, se apresuró a calificarlo de masterpiece. No es pues una reivindicación reciente; ya lleva a cuestas treinta años. En cambio sí es actual su denominación como “el primer álbum indie pop” (Stephen Thomas Erlewine dixit, crítico de AllMusic). George Starostin, el más prolífico reseñista de álbumes de rock por internet, ha proclamado que Ram es el mejor álbum producido en 1971 y uno de los mejores de la década de los setenta y de toda la historia del rock. Como no podía ser de otra manera, hoy también las bandas indies lo reivindican y en Los Angeles y en el mismo Seattle, cuna del grunge, se ha desatado en los últimos años toda una movida que hasta la fecha ha generado tres álbumes tributo* a este colosal disco. Tres álbumes tributo, es necesario decirlo, que no los tienen ni el All Things Must Pass de Harrison, ni el Plastic Ono Band ni el Imagine de Lennon (en verdad, ninguno de ellos ha merecido un solo álbum tributo hasta el momento, pese a ser canónicos). Repito: los hechos de la historia no mienten.

II
El universo discográfico en 1971: mucha pretensión, poco entretenimiento

Repasemos el panorama discográfico del rock en 1971. Si omitimos a Ram, en ese año se editaron álbumes magistrales sin discusión como Who’s next de los Who, Sticky Fingers de los Rolling Stones y Led Zeppelin IV de Led Zeppelin. Hay también varios álbumes notables como los dos primeros de Emerson, Lake & Palmer –el homónimo y Tarkus–, los dos de Alice Cooper –Love it to Death y Killer–, los dos de Bowie con sus Spiders From Mars –The Man Who Sold The World y Hunky Dory–, Muswell Hillbillies de los Kinks, Yes Album de Yes, Nursery Crime de Genesis, Aqualung de Jethro Tull, Pearl de Janis Joplin, Tago-Mago de Can, L.A. Woman de The Doors y Electric Warrior de T. Rex. Otros esfuerzos destacables son In the Land of Grey and Pink de Caravan, Meddle de Pink Floyd, Message from the Country de The Move, Imagine de John Lennon, Tapestry de Carole King, Desertshore de Nico y Master of Reality de Black Sabbath. Quizá también habría que mencionar a Pawn Hearts de Van Der Graf Generator, Islands de King Crimson, Quicksilver de Quicksilver Messenger Service, Camembert Electrique de Gong y el primero homónimo de Kraftwerk. En total, salvo algunas pocas omisiones involuntarias, no más de treinta álbumes de estudio ineludibles en ese año. Estoy obviando adrede a los Bee Gees, a los Carpenters, a Elton John y a algunas bandas populares de la época, porque sus logros musicales en 1971 no son equiparables, en mi opinión, a los antes mencionados.

De ese universo discográfico, ni un solo álbum enfrenta la música pop desde la trinchera del entretenimiento; en otras palabras, todos parecen haber abandonado el candor de los sesenta, pero también su vitalidad, su magia, su desparpajo. Más allá de sus sonidos estridentes o calmos, estén más apegados al blues o al experimentalismo electrónico, hay una línea que ninguno de esos álbumes se atreve a cruzar: el del pop serio, pretencioso (en el extremo están las bandas de rock progresivo y sus vanos malabarismos para alejarse del pop e investirse como música seudoculta). En buena cuenta, el pop serio es un pop que no quiere ser llamado por ese nombre. La consigna será entonces no sonar fácil, huir del easy listening. Y valgan verdades, a esas alturas en la historia del rock, el sonido poppy era descaradamente insulso, propio de las radiofórmulas. Por eso es comprensible que los músicos más inteligentes y honestos estuvieran interesados seriamente en despreciar la música que pudiera decodificarse como entretenimiento. Sin embargo, hubo un músico de rock, en la cima del prestigio cultural, que no tuvo ningún reparo en soltar las riendas de la creatividad en un ambiente descarado de diversión. Ese fue Paul McCartney.

Este puede ser un buen punto de partida para entender no solo lo que se movía en esos años iniciales de la década de los setenta, sino, por ejemplo, por qué tuvo tan mal recibimiento una obra mayor como Ram (y también, por supuesto, su ópera prima McCartney). El meollo del malentendido fue juzgar la obra por lo que supuestamente debía ser y no por la originalidad de su propuesta. Si toda propuesta vinculada al entretenimiento es música ligera y sin valor ni trascendencia, ergo lo trascendente y cargado de valor debe estar empaquetado en un estilo sobrio, dizque profundo y complejo. Pero esa es una premisa falsa que no se sostiene por ningún lado. Es un viejo prejuicio relacionar lo entretenido con lo superficial. Ni en su intención ni en su realización una obra entretenida tiene por qué ser considerada superflua. Los ejemplos abundan. Diversión es la quintaesencia de la obra más universal de la literatura española y de la banda más importante de la historia del rock. El propósito de Cervantes al escribir Don Quijote fue producir una obra esencialmente entretenida y ciertamente no habría otra forma que una novela de más mil páginas continuara cautivando en su cuarto centenario de impresa. Tampoco la beatlemanía y su intacta vigencia en más de tres generaciones sería posible de entender sin el concepto de entretenimiento.

III
Los años previos

Ahora veamos el proceso que siguió Paul McCartney desde los años previos a la separación de los Beatles. Él fue el gestor y autor conceptual del álbum consensualmente considerado el más importante de esa mítica banda: Sgt. Pepper’s lonely hearts club band, que para muchos es el agua bautismal del pop serio con pretensiones cultas. No menos fundamentales son otros de sus aportes en este disco para su estatus actual en el canon del rock: la presencia predominante de líneas de bajo melódicas –innovador para la época– y, aunque de carácter extramusical, su decisiva colaboración en el diseño de la portada oficialmente a cargo de Peter Blake. Ese mismo año, Paul toma el control para el telefilme Magical Mystery Tour, convirtiéndose en director honorario con el apoyo fotográfico de Ringo, y lo que es más importante, demostrando una vez más interés por un proyecto conceptual. En 1968, en las sesiones de grabación del White Album, marcadas por la disgregación, como no era posible integrar en un solo concepto lo que ya aparecía como orientaciones musicales divergentes, Paul se estrena discográficamente como multiinstrumentista autónomo e inaugura una faceta experimental que denominaremos minimalista. Piezas breves como Wild Honey Pie (versionada en los noventa por Pixies) y Why don’t we do it in the road? (seleccionada como poema por Allen Ginsberg) o la coda del Cry baby Cry de Lennon, son inserciones donde tras el logo de los Beatles hay un solo intérprete e instrumentista: Paul McCartney. En 1969, monitorea el proyecto del documental Let it Be, cuya idea matriz es el despojo de todo ornamento en la producción, el retorno a los sonidos básicos del rock, el culto a las primeras tomas y a la grabación “en directo”. Tras la postergación de su lanzamiento discográfico, y como un intento de armonizar antes de la ruptura, se graba Abbey Road, en el que nos interesa destacar el rol de McCartney como editor del legendario medley del lado B del vinilo, compuesto en su mayoría por partes de canciones consideradas “inacabadas”, pero también por piezas de McCartney como You Never Give Me Your Money y Golden Slumbers/Carry That Weight/The End que son suites pop muy trabajadas.

En síntesis, en sus últimos años como beatle la evolución de McCartney como compositor pop “serio” se centraba en una serie de aparentes oposiciones: su interés por los proyectos conceptuales, de un lado, y por el minimalismo y el sonido casi amateur (“en directo”), por el otro; la puesta a prueba de su talento como constructor de suites pop, por una parte, y su búsqueda de una producción que no se haga evidente sino que se oculte en su aparente falta de adornos, de la otra. Visto así, no será muy difícil encontrar un hilo conductor entre algunas de sus piezas casi autosuficientes en el White Album, el sonido despojado de Let It Be (en su versión Naked sobre todo, para también, hay que decirlo, en la de Phil Spector) y su álbum McCartney, ni tampoco entre proyectos magnánimos y conceptuales como Sgt. Pepper’s y Abbey Road y el aquí reseñado Ram (no por gusto el periodista español Arturo Blay ha calificado a Ram “la continuación lógica de Abbey Road”).

Sin embargo, algo ha cambiado entre los discos de los Beatles y los dos primeros de McCartney. Descontando la obviedad de que ya no hay colaboraciones de sus ex compañeros y que parcialmente la fórmula beatle es inalcanzable sin la presencia de todos sus integrantes, en lo que respecta a McCartney lo que en verdad ha cambiado es que, en sus primeros trabajos solistas, toda la grandilocuencia, todas sus ambiciones musicales conceptuales, todos sus ensayos experimentales, si bien no se han anulado en absoluto, se han despojado de todo atisbo de seriedad y han derivado exclusivamente hacia el entretenimiento. Ese fue su gran pecado para la crítica senil a inicios de los setenta y, como veremos, esa es también la senda hacia la redención en la actualidad de un álbum como Ram.

IV
El doble rasero

El lingüista y rockólogo ruso George Starostin ha anotado el doble rasero que ha habido en muchos críticos al aproximarse a la discografía de los Beatles y a la de McCartney como solista. Mientras se asegura que el estándar musical de la banda liverpoolense está en el tope de la música popular del siglo veinte, se suele creer que lo producido por McCartney post 1969 está signado por la intrascendencia. Felizmente este estereotipo, aún difundido mediáticamente, ha dejado de ser convincente para la mayoría de la crítica actual del rock. Sin embargo, las raíces de esa superchería se hallan en el carácter de entretenimiento de varias de sus composiciones postbeatles, lo que supuestamente revelaría un casi nulo compromiso artístico y, lo que es más grave, una incoherencia con su pasado de “Mozart del siglo veinte”. Desmontemos de una vez estos “argumentos” que se muerden la cola. Cualquiera que conozca el catálogo de los Beatles comprobará, en primer término, que hasta el año 1965 su música tenía como componente principal el entretenimiento, lo cual no desmerecía su alto nivel artístico. En verdad, este componente continuó hasta su último álbum (qué son sino las lennonianas Mean Mr. Mustard y Polythene Pam, Octopus’ garden de Ringo o Maxwell’s silver hammer de Paul). Por qué entonces sería incoherente que un ex beatle continuara desarrollando su música conservando como uno de sus principales objetivos entretener a sus oyentes. Es más, por qué deberíamos reivindicar como una obra maestra el A Hard Day’s Night de los Beatles –un álbum pop cuyo único lema parece ser el entretenimiento– y no hacer lo mismo con Ram, cuyas búsquedas, como demostraremos, parten de la diversión pero acaban en algo mucho más innovador que el popular disco beatle precitado.

V
Diversión y posmodernidad

Como ya he señalado, Ram ha sido calificado por el crítico Erlewine como “el primer álbum indie pop”. Se entiende, en principio, que el indie pop es aquel pop no convencional con una producción inusual y muchas veces con sonido lo-fi que surge a mediados de los años ochenta. Frecuentemente se considera a Jonathan Richman como el pionero de este estilo musical, aunque su banda The Modern Lovers se fundó en 1972 y recién pudo grabar en 1975 (y si buscamos un paralelo con la diversión que rebosa Ram, no lo hallaremos en su notable primer álbum sino en el tercero, intitulado Rock’n’Roll with Jonathan Richman, de 1977).

Si bien está claro que la denominación de Erlewine no está para nada descaminada, en mi caso prefiero caracterizar a Ram como el primer álbum de rock posmoderno, pues aunque la música indie es ante todo un estilo musical, al menos etimológicamente también alude a un modo de producción independiente, lejos del soporte de la industria discográfica con el que podía contar un músico prestigiado del rock como era el caso de un ex beatle.

Ram es el ejercicio más consumado de deconstrucción del country rock, el hillbilly, el blues, el beat y el rocanrol en clave paródica. Es una loa al pasado del rock de raíces, pero desde una estética que combina lo naif con el culto por los arreglos orquestales. Una forma ecléctica, polisémica, pero sobre todo paródica (repetimos) de revisitar las raíces, más que negándolas, deconstruyéndolas y, por tanto, convirtiéndolas en algo diferente, absolutamente nuevo. Extrapolando, se podría decir que la estética posmoderna de Ram es equiparable a la que en el cine preanunció Sergio Leone cuando creó el género spaghetti western. Casi diez años después de Ram, la banda new wave Wall of Voodoo intentaría un ejercicio semejante de deconstrucción en su álbum Call of the West, donde el espíritu country rock se mimetizaba en sonidos de sintetizadores y cajas de ritmos, con resultados muy distintos.

Mencionamos la palabra “naif”, pero habría que aclarar que el candor que trasunta Ram (manifiesto, sobre todo, en los coros y tarareos) es parte de una propuesta que es consciente de estar vulnerando los márgenes de producción del pop serio de la época. El entretenimiento que propone no es inocente; de lo contrario hubiera sido una tentativa trivial, hors d’époque. En A hard day’s night, la diversión es consustancial al estilo beat preponderante en esos años; su candor lo comparten todas las demás bandas beat, pues es solo un signo de época. En los años setenta, de acuerdo al contexto que hemos repasado y a la propia evolución de McCartney como músico, no era posible optar por el entretenimiento y la nostalgia por la inocencia pop de modo inconsciente. Constituía claramente una apuesta a contracorriente, pero sobre todo meditada, conceptual. Esa es otra diferencia con A hard day’s night. El álbum de los Beatles es una suma de canciones –muchas de ellas brillantes– sin más unidad que su pertenencia al sonido Mersey beat, como también lo eran sus anteriores álbumes. En Ram su propuesta ya está prefigurada en el diseño de la portada, en esos dibujos y trazos con plumones de colores que enmarcan fotografías bucólicas. Se percibe la misma conciencia del álbum como obra unitaria –y no como una retahíla de hits– que hizo posible en 1967 el Sgt. Pepper’s. Esto no solo es palpable en los dibujos de la portada o en los coros paródicos de aire ingenuo, o en el eje temático vinculado a la vida hogareña y campestre, sino en la propia estructura del disco, en donde, como ya había sucedido en el Sgt. Pepper’s, se incluye una doble versión del tema central, en este caso la canción Ram On. Pero hay más elementos que apuntan a este criterio unitario en la estructura. Tanto la canción de apertura del álbum (Too Many People) como la que sirve de cierre (The Back Seat of My Car) han sido compuestas con una coda. Por si fuera poco, en el disco se incluyen tres suites pop o “minisuites” (orquestadas por la Filarmónica de Nueva York). Mientras que un rasgo distintivo del candor del pop en la primera mitad de los años sesenta (del que es paradigma A hard day’s night) es su simplicidad de recursos musicales y su casi ausencia de pretensiones cultas (sintetizadas en la fórmula verso-estribillo-verso-estribillo-puente instrumental o cantado-verso-estribillo en la hechura de sus canciones), en Ram la atmósfera de diversión e inocencia ha sido recreada a partir de modelos musicales más ambiciosos y complejos. Ergo, Ram suena tan fresco que parece simple, pero cuanto más se le escucha, es fácil percibir que no lo es. Y la clave está en los detalles. Hubiera sido imposible imaginar un álbum así en 1964; es cierto que en 1971 Ram fue un disco en las antípodas de lo que se hacía en el momento y precursor de un nuevo espíritu en el pop que se consolidaría en los años ochenta y noventa, pero al mismo tiempo Ram fue un álbum hijo de su tiempo y lo era por su marca conceptual y su complejidad musical. Es esta dicotomía lo que define a este disco y lo que lo catapulta como una obra inmensamente creativa y original en la historia del rock.

VI
El pop rock como entretenimiento creativo y complejo

Antes de centrarnos en las letras, resaltemos algunos aspectos musicales. Nótese primero las variaciones rítmicas que hay en la mayoría de canciones del álbum. El uso de compases irregulares o compases de amalgama es notorio en 3 Legs y en las tres suites pop Uncle Albert/Admiral Halsey, Long Haired Lady y The Back Seat of My Car. Esto presupone una visión del pop alejada del uso convencional de compases regulares en la composición de canciones, uso convencional del ritmo del que podría ser tributario por ejemplo un disco como Imagine de su ex compañero de composición John Lennon. Por otro lado, debemos poner de relieve el trabajo preciosista que hay en Ram en cuanto a armonías vocales, que no encontraremos ni en el citado Imagine ni en casi ninguno de los álbumes antes nombrados de 1971. Estas armonías tienen a veces un uso coral (Ram On, Dear Boy), en otros casos poseen además un carácter contrapuntístico (3 Legs, Smile Away, Long Haired Lady), a veces a las características antes citadas se le añade una función de eco (Too Many People, 3 Legs, Ram On…). Si seguimos indagando sobre los aportes vocales en el álbum, hallaremos igualmente que en algunas canciones la voz se usa como un instrumento musical, ya sea cantando, silbando o “tarareando” notas (Eat at home, The Back Seat of My Car, principalmente, pero diría todas), ya sea ejecutando un solo (Ram On, Heart of the country, Monkberry Moon Delight). Por si fuera poco, la voz de Paul McCartney, como se sabe, se puede acomodar perfectamente al rango de tenor y al de barítono, o adquirir una tesitura más “normal”, lo cual es más que claro en este álbum, donde lo escuchamos pasar desde los tonos más bajos hasta los más agudos con asombrosa facilidad. Aprovechemos también para reivindicar el apoyo vocal de Linda en los coros, pues tuvo el coraje de hacerlo pese a las críticas y pullas confiada en el criterio de su esposo, y ambos dieron en la diana, consiguiendo unos acompañamientos vocales absolutamente memorables, en este disco y luego con Wings.

Sobre esta base rítmica de compases irregulares y sobre estas armonías vocales preciosistas, se tejen melodías que no tienen nada que envidiar a las que construyera con los Beatles con (o sin) el apoyo de Lennon. Si tocáramos versiones acústicas, en una suerte de unplugged desprovisto de mayores arreglos, de Too many people, 3 Legs, Ram On, Dear Boy, Uncle Albert/Admiral Halsey, Heart of the country, Monkberry Moon Delight, Eat at home, Long Haired Lady y The Back Seat of My Car, resaltaría el profundo lirismo y la perfecta composición de estas bellas piezas melódicas. La única excepción en este álbum es la magnífica Smile Away, que es una canción básicamente rítmica, como la mayoría del repertorio rocanrolero desde Chuck Berry hasta White Stripes, cuyo paroxismo se consigue a base de poderosos y reiterativos riffs y coros, así como por el frenesí vocal y la disonancia.

Además, si hacemos una escucha selectiva del álbum fijándonos en la ejecución instrumental, concluiremos que la batería, las guitarras, el bajo y cada instrumento que suena en Ram tienen una ejecución destacada. Y es que Paul reclutó a talentosos músicos de sesión: el baterista Denny Seiwell, el guitarrista solista David Spinozza y el experimentado guitarrista rítmico Hugh McCracken. Hay no solamente algunos solos de guitarra y redobles de batería de claro virtuosismo, sino varias líneas de guitarra, bajo y piano que –como demanda el mejor pop rock– sobresalen y tienen un brillo propio dentro de la música que las contienen. Esto último obviamente se relaciona mucho con los aspectos técnicos de la grabación, pero también con la categoría del productor –en este caso el propio McCartney– a la hora de indicarle al músico cómo ejecutar cada instrumento, sin pasar por alto que en relación con el bajo, el mérito es exclusivo de McCartney.

Como se puede observar, la música de Ram –para usar una metáfora visual– es poliédrica y está impregnada en sus seis costados de color. No se trata pues de una música de una sola dimensión, que transita en lo epidérmico y en lo formulaico, concebida para el entretenimiento plano, unidimensional. Al contrario, el ambiente de diversión, de parodia, de fiesta, de ánimo juguetón y burlesco, es la mascarada ideal en este disco para desmitificar y desproveer de su sentido icónico al rock, paso indispensable para configurar una propuesta avezada en lo musical, que devuelve sin complejos su carácter de entretenimiento al pop rock pero que al mismo tiempo no escatima en realizar un ambicioso tramado conceptual, con canciones trabajadas hasta el súmmun del perfeccionismo (ciertamente los detalles técnicos y los arreglos del álbum darían para otro artículo tan extenso como éste).

VII
Demasiada gente predicando prácticas

De acuerdo al estereotipo muy difundido, entre Lennon y McCartney, John era el letrista honesto, visceral, mordaz, para quien sus vivencias constituían el material de su arte, mientras que Paul es –por decirlo diplomáticamente– un letrista más profesional, distanciado de sus historias y a quien no le interesa expresar la experiencia vital en sus canciones. El propio Paul ha aceptado en varias entrevistas esta diferencia esencial de encarar el trabajo letrístico entre él y John. En la mentalidad preadolescente de algunos fans, esto equivaldría a algún tipo de deshonestidad y mentalidad calculadora, cuando no a la carencia de genio, como si el el único arte valioso y auténtico pasara por la crucifixión personal. Sin embargo, lejos de significar un handicap como creen muchos aficionados al rock, esta diferencia es un atributo, pues supone mayores dotes imaginativas y narrativas.

Con todo, sería más exacto afirmar que, a diferencia de John y también de George, a Paul no solo ni primordialmente le interesa contar historias que lo involucren personalmente, pues las letras de McCartney también han sido vehículos de expresión y catarsis de una subjetividad problemática. Y las mejores pruebas de que esto es así se pueden hallar en Ram. El estado de ánimo de McCartney tras la separación de los Beatles, sobre todo en su relación amical con John Lennon, se reflejan en algunas de sus letras (y no solo en ellas: en la contraportada se puede apreciar una fotografía de dos escarabajos –«beetles»– copulando). Por ejemplo en Too many people canta “Demasiada gente predicando prácticas/ No dejes que ellos te digan lo que quieres ser”, en clara alusión al activismo político de Lennon. Las pullas en esta canción contra Lennon también aluden a la separación de la banda y, en especial, al fin de su colaboración como compositores (“Este fue tu primer error/ tomaste tu momento de suerte y lo partiste en dos/ Y ahora qué puedo hacer por ti/ Si lo partiste en dos”). En 3 Legs las quejas no tan veladas contra su ex compañero continúan: “Cuando pensé que eras mi amigo/ tú me arrastraste/ pusiste mi corazón al borde de una curva”.

Este tono invade muchas pistas del álbum, tanto que cuando lo escuchó John Lennon creyó leer entrelíneas ataques por doquier y su extrema sensibilidad le hizo devolver las diatribas con hiperbólica mala leche en How do you sleep? Se sabe que John tomó un par de líneas de Dear boy como indirectas (“Adivino que nunca supiste, querido muchacho, lo que habías encontrado… Espero que tú nunca sepas, querido muchacho, cuánto has perdido”), cuando en verdad esa canción de estilo Beach Boys estaba dirigida al ex esposo de Linda. Le pasó lo mismo con la línea que se repite en la última estrofa de The Back Seat of My Car y que en verdad era una toma de posición de Paul y Linda frente a la hostilidad de los críticos: “Nosotros creemos que no podemos estar equivocados” (“We believe that we can’t be wrong”). Esta es una de las más conmovedoras líneas en una canción que hayamos escuchado en el rock y también la demostración de que una buena letra no necesita recurrir al lenguaje alambicado ni intrincado para calar hondo en la sensibilidad del oyente; basta una frase puesta en el momento preciso con los acordes adecuados para alcanzar alturas siderales.

Pero no es esta temática la que le da sentido y coherencia al álbum, sino la del mundo campestre, la visión idílica del hogar y la naturaleza, cuyo ideario ingenuo está en Heart of the country (“Quisiera un caballo, quisiera una oveja/ Quisiera conseguir una plácida noche para dormir/ Viviendo en un hogar en el corazón del campo”) o en Eat at home (“Vamos, pequeña dama, come en casa/ Trae el amor que sientes por mí/ alineado con el amor que veo”). Pero esta mirada transparente, a veces oculta –como vimos en el caso de las alusiones a Lennon– un mensaje cifrado, como en Ram on, nombre de imposible traducción pues es un juego de palabras entre Ram y Ramon, este último uno de los sobrenombres de Paul (“Carnero Ramón, dale tu corazón a alguien pronto, enseguida”); también puede ser un modo poético de expresión (en Long Haired Lady, por ejemplo, se escucha esta línea: “Los pájaros están canturreando acerca de su gran sorpresa”).

Este culto a la sencillez, a una vida despojada de cualquier pretensión transgresora, musicalizada con notas que llaman al entretenimiento y a la nostalgia, es en verdad la construcción paradojal de un mundo bucólico de armonía alejado de una realidad de tensiones, construcción en la cual sin embargo las tensiones están presentes en música y letra, bajo la superficie del entretenimiento y la pureza emotiva que parecen transmitir. Como Lennon, Paul McCartney también fue lector de literatura y admirador especial de Lewis Carroll y de su magisterio en Alicia en el país de las maravillas. El doble sentido, los retruécanos, las expresiones absurdas, fueron empleados por Carroll con ánimo satírico para tornar en un juego lo que también suponía una crítica a la moral victoriana de su época, bajo el pretexto de narrar el viaje onírico de una niña. La sátira, la parodia, son otros modos de encarar un mundo en el que se está básicamente en desacuerdo. Mientras Lennon optó por las arengas políticas recluido en el Hotel Hilton y Harrison decidió orar al Hare Krishna y criticar el “mundo material” encerrado en un palacio, McCartney prefirió la parodia y el canto optimista a la naturaleza rodeado solo por animales y bosques en su granja de Sussex, Escocia, entendiendo que todo acto creativo y más aún todo acto de lenguaje no es inocente sino es también un acto profundamente comprometido. Ram es la lección de Alicia en el país de las maravillas aplicado a la música: un arte universal, inteligente, transgresor, un arte con luz y sombras bajo la capa de un arte colorido para infantes. Basta traducir la letra cuasisurrealista de Monkberry Moon Delight para certificar este parentesco: “Así que me senté en el ático/ Un piano ante mis narices/ Y el viento tocó una atroz cantata/ Estaba enfadado por el estallido de una manguera enemiga/ Y por el horrible sonido del tomate/ Ketchup, sopa y puré, ¡!No se queden atrás!!!// Cuando el rumor de las ratas había despertado/ Los tendones, los nervios y las venas/ Mi piano con audacia se entregó en intentar repetir su estribillo/ Así que se me hizo un nudo en mi estómago/ Y observé fijamente esa terrible imagen/ De dos mozuelos ocultos en un barril/ Sorbiendo el encanto del vino del Monje Loco/ Sé que mi plátano es más viejo que los demás/ Y mi pelo parece un birrete enmarañado/ Como cuando dejé mis pijamas a Billy Budapest/ Y no consigo entender la esencia de tu carta/ Pónganse al día gatos y gatitos, ¡!!No se queden atrás!!!” Hay, pues, una tensión primordial debajo de la aparente placidez y ánimo lúdico de las letras del álbum. En el caso de Monkberry Moon Delight esta tensión nos comunica las dificultades de la vida rural (“Y el viento tocó una atroz cantata”, “el rumor de las ratas”, etc.), la paranoia y el estado de abandono físico por el que pasaba McCartney (“Los tendones, los nervios, las venas”, “Y mi pelo parece un birrete enmarañado”, etc.), y otra vez las probables referencias a Lennon (“Y no consigo entender la esencia de tu carta”).

VIII
Coda

Algunos reseñistas de Ram consideran que la magnánima balada The Back Seat Of My Car es, sino el mejor, uno de los mejores cierres de un álbum en la historia del rock. También podríamos decir que el country rock Too Many People tiene uno de los mejores inicios de un disco en el rock. Para Ozzy Osbourne, Uncle Albert/Admiral Halsey es la mejor composición de Paul McCartney de toda su carrera (incluida su época como beatle). En verdad, cada uno de los doce tracks del álbum son construcciones musicales que compiten en perfección con las canciones de contados discos de este género. Si seleccionara la aparentemente sencilla Ram On y al definirla se me ocurriera escribir que es “una tierna melodía de una sola estrofa tocada con ukulele”, estaría simplificando y por lo mismo tergiversando el trabajo artístico desplegado en esta breve pieza. Bastaría escuchar el primer segundo de la canción para hallar un detalle técnico muy imaginativo: el sonido producido por una cinta magnética al iniciar una grabación yuxtapuesta, usualmente inaudible al editar las grabaciones pero que en este caso no ha sido omitido adrede; enseguida durante quince segundos una línea de teclado proporciona una atmósfera densa como preámbulo al sonido del ukulele, y luego, mientras nos envuelve la melodía, escuchamos una armonía coral acompañada por sonidos percusivos que por momentos se entrelazan con relampagueantes efectos de sonido y el tarareo apenas perceptible de Paul en tono grave como imitación de un instrumento percusivo. En síntesis Ram On es más que una sencilla y tierna melodía con ukulele, es una experiencia auditiva y un trabajo artístico sorprendente para cualquier estándar pop.

Dicho todo esto, es muy difícil de comprender por qué un álbum de tal magnitud artística fue objeto de ensañamiento por los críticos en el año de su lanzamiento. En el panorama del año 1971, los únicos álbumes con los cuales en mi opinión podría competir sería con los ya nombrados Who’s next, Sticky Fingers y Led Zeppelin IV. Sin embargo, la propuesta de Ram es definitivamente más innovadora y osada que las de los discos citados de los Stones y Zeppelin, los cuales continúan la línea de sus anteriores trabajos, tomando como fuente el catálogo del blues y el country tradicional con pocas sorpresas en relación con el género (quizá solo el latin jazz en el caso de los comandados por Jagger). Solamente Who’s next rebosa, aunque desde otra propuesta, la creatividad, la riqueza melódica y armónica, así como el ánimo innovador (en su caso en la utilización de sintetizadores), que se halla en Ram, pero no lo supera en osadía musical.

Si seguimos con las comparaciones (odiosas pero necesarias) es risible comprobar que un destacable pero sobrevalorado álbum de ese año como Tapestry de Carole King –respetable compositora de aquietadas y preciosas baladas, pero ni con mucho creadora que destaque por su genialidad– haya sido bendecido por la crítica e incluido en las listas canónicas, mientras que hasta hoy Ram, pese a ser un verdadero clásico del rock y casi unánimemente considerado una obra maestra, siga ausente de esos listados. La suspicacia y las teorías conspirativas, por supuesto, son moneda corriente tanto entre los fans más acérrimos de McCartney como en los aficionados del rock que veneran este álbum. Se ha llegado a sostener que hay un lobby internacional para impedir su ingreso en el canon. Sin embargo, antes de sucumbir a la tentación del delirio, no deberíamos sobreestimar a los críticos de rock. En verdad sería mucho pedirles que funcionaran como una secta masónica y coordinaran entre ellos qué discos entran o salen de sus siempre cuestionables y paripatéticos rankings. Simplemente su incapacidad para separar la paja del trigo es histórica. Lo demostraron antes; no es de extrañar que aún continúen desorientados.

Todo el malentendido surge, en mi opinión, de una lectura errónea de la carrera en solitario de McCartney, que pese a las rectificaciones anotadas en cuanto a la evaluación de sus primeros discos por parte de la crítica, no ha cambiado o se resiste a cambiar a la hora de discernir y hacer la criba entre lo más resaltante de su producción solista. En resumen, la historia oficiosa en su versión primera es la siguiente: Paul cometió un tropezón y un desliz con su primer y segundo álbumes en solitario, se hundió con el tercero (y primero con Wings), alzó vuelo con el cuarto (y segundo de Wings) y llegó a la cumbre con su quinto (y tercero de Wings), el canónico Band on the Run. Su discografía posterior tiene algunos aportes interesantes pero es en general intrascendente. La segunda versión, corregida y aumentada, de la historia oficiosa es como sigue: los dos primeros discos de Paul deben ser considerados clásicos, pero su obra mayor y de mayor repercusión continúa siendo Band on the run, aunque hay otros discos de Wings destacables y posteriormente también, aunque menos, hay algunos trabajos notables que certifican la genialidad de este compositor. Esta segunda versión es la que actualmente parece predominar entre la crítica, sin embargo es tan falaz como la primera. Y lo es porque como la anterior pone como el centro de su obra solista, en torno al cual siempre girará para bien o para mal, a Band on the run. Si en su obra global, el paradigma sobre el cual se mide la obra solista de McCartney son los Beatles; en su carrera solista, el paradigma sobre el cual se parte para evaluarla es Band on the run. Este artículo ensayístico ha tenido como finalidad quebrar, desmontar y si es posible traer abajo esa construcción paradigmática.

No dudo que Band on the run es una obra maestra del pop rock, pero los alcances de Ram en la historia de la música popular en inglés son, a mi juicio, mayores. No encuentro ningún disco no solo de Paul sino de cualquier otro ex beatle equiparable a la hazaña musical consagrada en las doce canciones de Ram. Si reviso la discografía de los Beatles, solo Sgt. Pepper’s, el White Album y Abbey Road son igual de colosales. Si repaso los álbumes que suelen figurar entre los veinte mejores del rock, no entiendo por qué el ultramelódico Pet Sounds de los Beach Boys merece el prestigio de incluirse entre los cinco primeros y no sucede lo mismo con Ram, cuyo rango melódico en muchas pistas sobrepasa al de los californianos.

Es más, valgan verdades, hace tiempo el entretenimiento más desenfadado tiene sus representantes más preclaros en el pop rock y ha sido incorporado sin remilgos en el canon del rock (es más, en esas listas figuran también esperpentos del pop cuyas identidades será mejor no mencionar). Discos como el mencionado The Modern Lovers de The Modern Lovers, Talking Heads: 77 y More songs about buildings and food de Talking Heads, Are we not men? We are Devo! de Devo, Entertainment! de Gang of Four o The B-52’s de The B-52’s, por ejemplo, suelen incluirse merecidamente en listados de álbumes imprescindibles del rock. Si esto es verdad, con mayor razón Ram debería estar incluido allí, pues rebosa creatividad, riqueza melódica y maestría en la composición de gemas pop.

Solo el tiempo le dará a Ram el estatus que se merece. Desde la soledad de mi escritorio, únicamente he querido contribuir –con razón pero también con pasión por la música– en la reivindicación de este entrañable y fantástico álbum, “the best underrated album ever” como anotara un aficionado estadounidense. Porque en los últimos años, más que beatlemaniaco y admirador de McCartney, debo declararme miembro honorario del club mundial de fans incondicionales de Ram.

* Se trata de los álbumes tributo RAM on L.A (2009), donde participan las bandas Earlimart, Frankel, The Parson Redheads, Bodies of Water, Radar Bros., Naptunes, Los Baby Fools, Le Switch, The Broken West, Amnion y Travel by Sea; TOM (2009), donde participan las bandas Ted Leo, Death Cab for Cutie, Aimee Mann, Portastatic, Danielson, Dump (liderada por el ex Yo La Tengo, James McNew), Spider Bags, Black Hollies y James Pants (Stones Throws), auspiciado por el DJ Tom Scharpling; y finalmente The Ram Project (2011) de Dave Pepper.

10 thoughts on “Ram: Un fantástico álbum en el cenit del rock”

  1. Gran trabajo en la deconstrucción y reinvindicación de ese hermoso disco llamado RAM. Es una pena que en algunos casos solo los “hardcore fans” seamos los que llegamos a conocer obras maestras como esta, me pregunto, ¿cuántos de los que fueron al concierto del ex-Beatle escucharon Dear Boy?, nos hemos quedado con la idea de que Paul es Hey Jude, nanananá y nada más, pasamos por algo logros artísticos como sus primeros álbumes como solista (McCartney I es conmovedor y extraordinario). Por otro lado ridiculizar trabajos como RAM, London Town o Back to the Egg (cosa harto común en internet, donde cualquiera escribe lo que le da la gana) ya roza la necedad más abyecta. Buen artículo, Arturo.

    1. Actualmente la de Gorriti tienes obras de baecho que abrieron, no cerraron y no estas sef1alizados los pozos, esta peligrosa de noche en zona Godoy Cruz a Scalabrini Ortiz. Tb es zona que se cruzan muchos peatones distraidos, es zona de paseo y hay mucha gente dando vueltas. saludos y gracias. fabie1n

    1. No se si soy BICI genia pero sed soy BICI adicta =) desde que en nbevimore 2011 me reencontre con la bici y pense9.. a ver q onda ir a laburar en bici ? No pare9 mas todos los dias Colegiales-Plaza de Mayo! es un placer! tardo menos que en subte y puedo RESPIRAR!!!Un placer poder participar!! Hay otra calle muy amigable Teodoro Garcia.. tiene una trepada linda de empedrado, pero esta muy buena y los conductores respetan bastante a los ciclistas!

  2. Es una opiniòn muy personal la verdad. Considero ciertos fundamentos poco infundados, Paul se fue a hacer lo que mejor supo hacer desde el comienzo de su carrera. Entretener a su pùblico. Y vaya si lo hizo. John tenìa a los intelectuales y George a los creyentes…Ram es un disco bueno y tiene mèrito por ser un disco Indie sin duda alguna pero pierdes credibilidad cuando lo comparas con los demàs productos que salìan en esa època. Para la època no fue trascendental pero ha mejorado como buen vino, en retrospectiva. Tal como lo hizo Pet Sounds 30 añon despuès.
    Es un disco simple por un sujeto que tiene melodìas como sangre en las venas pero que no decìa nada interesante en su època. A menos que consideres “Mary had a little lamb” interesante al comienzo de los 70`s.

    1. “Mary had a little lamb” no está incluida en RAM y yo en ningún momento he defendido ni menos reivindicado esa canción.
      Por otro lado, el artículo intenta explicar justamente por qué una obra maestra como RAM no llamó la atención en su época; hoy en día, la opinión de amplios sectores de la crítica es diferente y eso dice mucho de su real trascendencia.

  3. Comparto totalmente esta visión. La verdad es que Ram es una obra genial. La manera en que Paul plasma ese “feeling” de sinceridad, despreocupación, espontaneidad y calidez hogareña que es fenomenal. Además es imposible no relacionarlo con la vida de Paul por esos años. Sin lugar a dudas se trata del primer disco de indie rock/pop de la historia..

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